Lo que no se vio de la fiesta de la embajada de Estados Unidos por su Día de la Independencia

Fiesta del 4 de julio de la embajada de Estados Unidos: no de los comedores del Palacio Bosch se transformó en un bar (Fotos: Martín Bonetto).

A las 7 de la tarde del martes 3 de julio, la entrada del imponente Palacio Bosch, vallada e iluminada con potentes reflectores, se parece bastante a la alfombra roja de cualquier evento artístico. Pero aquí el espectáculo es otro. El público que circula por la esquina de Avenida Libertador y Kennedy no pide selfies con los invitados que ingresan al edificio porque no los reconoce fácilmente, aunque muchos de ellos sean influyentes empresarios, jueces, funcionarios de gobierno, miembros de alto rango de las Fuerzas Armadas. Una poderosa elite convocada por Edward Prado, embajador de Estados Unidos en Argentina, quien les abre las puertas de su residencia para festejar el Día de la Independencia de su país.

Aunque se trata de un evento formal y tradicional, no es una fiesta de gala, por eso el dress code (código de vestimenta, según marcan las reglas de etiqueta) no indica ir “de largo” ni smoking sino traje y vestido cocktail. El detalle de esta edición es que, como en muchas celebraciones temáticas, se sugiere llevar accesorios de la moda de los años 20, una consigna que se repetirá en toda la ambientación de la velada. La elección de la época no es caprichosa: este año, la fecha patria estadounidense -que en rigor es el 4 de julio, día después de la fiesta- coincide con los 100 años de la mansión Bosch, inaugurada en 1918. Es por esto que todo el personal de la embajada -unas 150 personas divididas en diversas áreas- planifica desde hace seis meses este evento, el de mayor despliegue entre los muchos que conforman la agenda habitual.

El Palacio Bosch, residencia del embajador norteamericano, minutos antes de recibir a los invitados de la fiesta del 4 de julio.

Basta atravesar la puerta principal para entender por qué. Sólo el sistema de acreditación de los mil asistentes es un complejo proceso que involucra un multitudinario scanneo digital de las invitaciones, personales e intransferibles, y las pertenencias con las que se accede al primer piso. Las escalera, ornamentada con los colores rojo, azul y blanco de la bandera americana, se divide en dos y ordena el ingreso: quienes quieren saludar personalmente al embajador tienen que hacer fila de uno de los lados y rogar que les toque un turno a lo largo de los 45 minutos que Prado dedicará a esa tarea. Naturalmente, algunos se quedarán con las ganas.

A la cola. Los invitados hacían fila para saludar al embajador de Estados Unidos en la fiesta del 4 de julio. (Martín Bonetto).

Aunque la residencia tiene cuatro pisos y varios salones, parece quedar chica en el momento en el que Prado da su discurso de bienvenida y se entonan los himnos de Argentina y Estados Unidos. Andrés Massari, manager de la residencia, cuenta que acondicionar los espacios implica un movimiento similar al de una mudanza, porque los muebles se trasladan de sus sitios habituales a las habitaciones de huéspedes vacías. “Sólo para mover la alfombra del comedor se necesitan catorce personas”, revela.

El catering incluyó 1.200 mini hamburguesas, 120 lomos de novillo, 6.000 colas de langostinos y 1.000 empanadas tucumanas.

El catering es otro verdadero desafío. Aunque Massari es chef y sommelier y normalmente está a cargo del equipo de cocina que abastece las recepciones, en esta ocasión pide refuerzos externos. Los famosos hermanos Christian y Roberto Petersen, con un staff adicional de 180 personas, son los responsables del menú de la noche, todo en formato “finger food” -se come de parado, sin cubiertos- y en voluminosas cantidades. A saber: 1.000 bruschetas veggie con pan de masa madre, 1.200 mini hamburguesas con queso cheddar y panceta, 120 lomos de novillo Angus servidos en pequeñas camisas crocantes, 6.000 colas de langostinos de Puerto Madryn servidos con seis kilos de salsa, 800 porciones de humita, 1.000 empanadas tucumanas. Los vinos que se sirven para acompañar son de Bodegas Casarena, desarrollados en viñedos de Mendoza con capitales de su dueño neoyorquino, Peter Dartley. Entre descorche y descorche, el dato más sorprendente es que las burbujas le ganan al Malbec y el Chardonnay. A lo largo de las cuatro horas que se extiende la fiesta se consumen 500 botellas de espumantes Brut Nature. Mucho brindis protocolar, tal vez.

Un mozo acomoda las copas flauta en las que se vaciaron 500 botellas de espumante en la fiesta del 4 de julio en la embajada norteamericana (Foto: Embajada de Estados Unidos).

Aunque hay opción de bebidas sin alcohol, nadie deja de pasar por el salón decorado como uno de los bares secretos o speakeasy de los tiempos de la Ley Seca. Allí, en la barra se preparan generosas jarras de ponche de frutos rojos y Torrontés, pero lo que más sale es el clásico Old Fashioned. “Se tomaron 45 litros del cocktail, no lo podemos creer”, aportará el bartender Sebastián Atienza más tarde.

El bartender Sebastián Atienza preparó 900 Old Fashioned en la fiesta del 4 de julio de la Embajada de Estados Unidos. (Foto: Martín Bonetto)

Animados por los tragos y la música, los invitados más jóvenes bajan a la carpa montada sobre el jardín de la casa. En ese sector, después de un show de bailarines de tango y otro de charleston, se abre la pista de baile y las rigideces del ámbito diplomático se aflojan. Oficiales uniformados se menean al ritmo de Despacito y hacen trencito con ex pasantes de la embajada y directivos de ONGs. Vuelan las corbatas, los moños, las plumas y las vinchas vintage y reinan las selfies grupales en medio de la euforia. En el backstage, un ejército de empleados -mozos, cocineros, asistentes, personal de mantenimiento y seguridad- continúa su trabajo febril yendo y viniendo por los centenarios pasillos del Bosch, recogiendo platos, limpiando, controlando la salida de los invitados. Algunos miran la hora contando los minutos que faltan para las 23, cuando todo termine. El 4 de julio para ellos será feriado y, por fin, momento de descansar.