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En casa de herrero… un cronista experimentado

INSTRUCCION TEORICA. Antes de comenzar, el profesor Germán Tardioli explica al cronista las nociones básicas de la herrería. (Foto: Lucía Merle)

Otra vez es cuestión de afrontar una desafiante tarea, muy lejos de pasar sentado (mínimo) unas ocho horas diarias, frente a la computadora empujando teclas, o bien estar (demasiado) pendiente del teléfono celular.

En esta misión hay que tener precaución y, sobre todo, cuidar la vista. Pero no por el brillo de las pantallas tecnológicas, sino porque la labor -para un novato- de encarar un taller de soldadura es (por lo menos) algo riesgoso. Fuego, electricidad, fricción y chispas se combinan en esta tarea

La cita es en Laborando, un frío galpón de Chacarita donde el hierro y el acero a soldar conviven con pedazos de madera, mucho diseño e impresiones de muñecos en 3D. Es un espacio de coworking por donde pasan distintos tipos de profesionales, pero el trabajo más difícil le toca a este cronista, quien ya se las vio forjando un cuchillo de acero, expuesto a altísimas temperaturas.

En Chacarita nos recibe Germán Tardioli, el experimentado tallerista que explica los distintos tipos de materiales con los que se va a trabajar, como la chapa virgen o la semillada (la que tiene protuberancias cilíndricas); también exhibe los electrodos para soldar acero: una especie de alambre con cobertura celulósica que dispara chispas y derrite la chapa con el solo contacto.

Pero para causar ese efecto hace falta un factor clave: la energía / tensión eléctrica. Y allí Tardioli -quien ya le dictó este taller a unos 250 alumnos- explica cómo se soldaba con la pesada y poco práctica autógena. Todo eso cambió y hoy las máquinas son más manejables (pesan menos de cinco kilos) y las herramientas de seguridad, son más prácticas, como una careta en cuyo interior tiene una regulación para la visión.

VARILLAS PARA SOLDAR. Los electrodos, una especie de alambre con cobertura celulósica. (Foto: Lucía Merle)

“En la herrería, el 80 por ciento del tiempo se destina a la preparación del material, el corte de chapas, marcas, etcétera; el resto es la pura acción de soldar y pintar”, explica.

Sin antecedentes previos en la secundaria (me recibí de perito mercantil), jamás se me ocurrió soldar nada. Pero antes, hay que cortar el material y, crean, es mucho más complicado que soldar. Germán explica cómo colocar el disco de corte (hecho a base de carbono y entrelazado en fibra de vidrio) en relación al material, porque éste puede salir despedido y ser, literalmente, criminal. “En esto, los accidentes mortales no son frecuentes, pero pueden pasar”, me intenta tranquilizar el profesor del hierro.

PURAS CHISPAS. El momento del corte del hierro, lo más riesgoso y extremo de la jornada. (Foto: Lucía Merle)

Así las cosas, miro una tenaza extraña que sirve para sostener el material a soldar o cortar y así no hacer demasiada fuerza física. “Puede llamarse cola de pato o de perro”, me explica. Lo miro con extrañeza y sostengo con fuerza la chapa, acerco el disco a una velocidad inusitada y, al primer chisporrotazo, alejo la herramienta al toque. Elijo ponerme guantes y ser más precavido.

Lo que sirve es sostener fuerte y sin miedo el metal y que la potencia del disco haga el resto. Sin dudar.

FIJACION. A la hora de cortar hay que sostener firmemente el material y para ello hay distintos tipos de pinzas. (Foto: Lucía Merle)

Luego, lo primero que hay que practicar es hacer un punto, la génesis de la soldadura. Y también acostumbrar el movimiento del brazo en relación al fogonazo: si se aprieta mucho el electrodo contra la chapa, se pega y cuesta separarla, por eso los movimientos tienen que ser rápidos, parejos y apenas distantes del hierro.

LINEA DE SOLDADURA. La primera prueba antes de querer unir los metales. (Foto: Lucía Merle)

Antes de querer unir dos trozos de metal, debo practicar una línea de soldadura sobre una barra virgen. Según el profesor, debe ser pareja, finita y casi que no se note sobre el material. Obvio, hago todo lo contrario: me sale una línea gruesa, despareja, bien primitiva de donde chorrea material al rojo vivo. “No hay caso”, pienso, “estas actividades industriales no son para mí”.

Por más caracterizado que me vea como un integrante de Daft Punk versión metalúrgica, cuando comienzan los chispazos, el visor de la careta oscurece el resto del ambiente y sólo se enfoca en la llama de la soldadura. “En las máscaras de antes no veías nada, soldabas casi a ciegas, uno de los grandes peligros de esta profesión”, sostiene Germán.

PRECISION. En el trabajo de soldadura es vital mantener a una distancia fija el electrodo. (Foto: Lucía Merle)

Llega la hora de la verdad y comienzo la unión de los materiales. Mal debut, dejo una barra agujereada entre los dos tramos ya que no fui constante. Entonces busco emparejarlo, con ayuda del profe y… solucionado a medias. Germán me alcanza una lijadora que sirve para limpiar las impurezas y excesos de hierro. Queda mejor de lo esperado, pero nada a comparación de la muestra que me dio Tardioli, que parece una sola pieza, pero hecha con dos trozos de hierro.

PRIMER INTENTO. Quiso unir dos metales, pero la soldadura quedó mal.

Luego de mi “éxito”, me invita a seguir soldando y fabricar una rejilla de hierro. Con amabilidad le digo que el taxi me espera y prefiero eyectar del lugar. A escribir a la oficina. Mejor. 

Producción: Daniela Gutiérrez

CORRECCION. Pudo, con ayuda del profesor, que esta vez saliera mejor.

En el taller de herrería se dictan seis clases, a principiantes, para aprender a soldar. Se toman en Laborando, Otero 246, Chacarita, los viernes 10, 13 y 30 de agosto. Precio: $3.500. Más información: espacio@laborando.com.ar