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Ni siquiera la guerra con el campo alteró el febril ritmo de la recaudación ilegal

Mientras peleaban con dos tercios de la Argentina productiva, rasgaban la unidad del oficialismo al extremo de perder su holgada mayoría en el Senado y consideraban abandonar el poder tras la derrota frente al campo que selló Julio Cobos con su voto “no positivo”, Néstor y Cristina Kirchner mantuvieron aceitado el circuito de recaudación de coimas por parte de importantes contratistas del Estado.

Así queda reflejado en el cuaderno que el chofer de Roberto Baratta -dos de Julio De Vido en el ministerio de Planificación- redactó desde el 26 de enero de 2008 hasta el 6 de enero de 2009.

Mezclados con anodinos viajes a sastrerías, tintorerías y compras de desodorantes para su jefe; con frecuentes aprovisionamientos de helado en Chinin, visitas a una psicóloga en Barrio Norte o una canchita de fútbol 5 en San Telmo, el remisero Oscar Centeno registró cada una de sus llegadas al subsuelo del hotel Friar’s Park de la calle Esmeralda al 1300, o a los estacionamientos de edificios donde funcionaban las sedes de grandes empresas como Techint o Electroingeniería para recoger paquetes con dinero caliente de la corrupción. Eso ocurría durante el día, con un ritmo constante a través de todo el año.

Al anochecer, antes de la cena, Centeno enfilaba su Toyota siempre a la misma dirección: Uruguay 1306, el departamento del matrimonio Kirchner en Recoleta, en ese entonces vacío y ahora ocupado por la actual senadora bonaerense. El secretario de Néstor, Daniel Muñoz, recogía los bolsos preñados de dinero y los cargaba habitualmente en un coche Honda rojo patente GXU055 o un Vectra azul patente FZT813. A partir de allí su destino es incierto, aunque la saga puede completarse con los relatos de la ex amiga de Kirchner Myriam Quiroga, o del valijero de Lázaro Báez, Leonardo Fariña: debidamente pesados para estimar la magnitud del “físico” -efectivo-, al menos varios de esos bolsos viajaban vía aérea hacia Santa Cruz.

Pero volvamos a Centeno y su cuaderno 4, el de 2008. El primer sobresalto, entre visitas y mandados a familiares de Baratta, aparece en la entrada del 11 de febrero: a las 9, el chofer lleva a su jefe “a comprar bolsos a Once”, que luego fueron rellenados de plata antes de aterrizar en el departamento de Recoleta. Una rutina que, con distintas paradas para juntar las coimas que entregaban los empresarios, se reiteró decenas de veces.

El diario del chofer tiene menciones a un tal “banco”, al que sólo una vez menciona como destino “para comprar dólares para el licenciado Baratta”. Suponemos que es una cueva. El 25 de abril, ocurre otro encuentro importante, pero sólo a la luz de las últimas noticias. Después de llevar a su jefe al aeropuerto de Ezeiza, Centeno se fue a almorzar a la casa de Roberto Bacigalupo en Olivos. Se trata del amigo a quien le confió los cuadernos de las coimas, y que en enero de este año se los llevó al periodista de La Nación Diego Cabot.

Para entonces, una tormenta política ya azotaba a la Argentina, tras el empeño del gobierno en imponer un esquema de retenciones móviles a las exportaciones de granos que rebeló a los productores agrarios. Entre actos masivos en Plaza de Mayo, reuniones políticas y un Hugo Moyano instruido para romper piquetes en rutas, el tráfico de bolsos, bolsas y paquetes con plata no cesó nunca.

Sólo fueron llamativas una decena de reuniones de Baratta con Guillermo Moreno, entre el 18 de marzo y el 11 de junio. Centeno llevaba a su patrón a la secretaría de Comercio, que entonces eran una sede central del comando más ultra del kirchnerismo contra el campo.

Pero el año siguió, y los nombres también. Van algunos, sin solución de continuidad tal como cayeron salpicando el cuaderno 4: Claudio Uberti, Rafael Llorens, Ezequiel García Ramón, Chili -hermana de Baratta-, Roberto Dromi, Alfredo Scoccimarro, Rudy Ulloa, Rubén Valenti. Del mismo modo, salen muchas direcciones: Billinghurst 2407, la joyería Simonetta Orsini de Cerrito y Posadas, el departamento desocupado de Baratta, en Scalabrini Ortiz 3358. Y por supuesto, la Quinta presidencial de Olivos.