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Martín Balza: “He visto cómo se destruyen FF.AA. en la lucha contra el narcotráfico”

El ex jefe del Ejercito Martín Balza. Foto: Martín Bonetto.

-¿Cuál es la capacidad de defensa que tiene hoy nuestro país?

-Hay un estado de indefensión del país. La última incorporación de material a las Fuerzas Armadas debe ser de finales de los’90, Cuando dejé el Ejército, en el ‘99 habíamos duplicado el número de tanques, habíamos reequipado parte de lo perdido en Malvinas. No quiero hablar por otras fuerzas. Pero, si mal no recuerdo, la Fuerza Aérea había incorporado treinta y seis o treinta y ocho A4 Skyhawk, siete Hércules. Han pasado 20 años. Sin mantenimiento adecuado, los tanques no sirven ni para desfilar. En los últimos 12 años ha habido una desatención hacia las Fuerzas Armadas.

-Lo noto casi gentil al decir “desatención”

-Sí. Debería decir… Déjeme ser prudente. La ley de Defensa de 1988 habla de agresiones de origen externo. Esa es la misión esencial de las Fuerzas Armadas. Pero en 2006, por impulso de la ministra Nilda Garré, a esa Ley se le hizo un agregado mediante un decreto, lo que es una aberración jurídica, que hablaba de agresiones de origen externo “producidas por ejércitos de otros países”. La agresión, en 2006 y ahora, puede ser de origen externo pero no sólo -ni principalmente- por ejércitos de otros países. Hoy hay ejércitos privados o irregulares, en Irak, en Afganistán, que mueven cien mil millones de dólares anuales. ¿Por qué autolimitarnos en el monopolio legal de la violencia a ejércitos regulares de otros países? Por eso estoy de acuerdo con este decreto reciente, que enmienda aquel otro. Estoy de acuerdo, más allá de toda especulación política y no creo que modifique el marco legal.

-¿Está de acuerdo también con la reforma militar que encara el Gobierno?

-Creo imprescindible un proceso de modernización. Que debe incluir redespliegue, reestructuración, reequipamiento, no digo rearme, pero una Fuerza Aérea que no tiene aviones, una Armada que no tiene submarinos y un Ejército que no puede actuar ni como fuerza de presencia, no tienen capacidad para actuar como fuerzas armadas. Recuperar hoy el potencial que teníamos en el ‘99, aún si tuviésemos todo el dinero para hacerlo, llevaría diez o quince años, si no más.

-No ignora que el anuncio de reforma militar levantó bastante escozor y, digamos, agitó viejos fantasmas.

-Mire, las Fuerzas Armadas han sido golpeadas porque hay una parte mínima de la sociedad argentina a la que le cuesta separar a estos hombres que hoy conducen las fuerzas de lo que fue el “Proceso” y la dictadura. Estos hombres no tienen nada que ver ni con Videla, ni con Massera, ni con Díaz Bessone, ni con Menéndez, ni con Galtieri. ¡Ni los conocieron! Disculpe la vehemencia. No les podemos hacer pagar ese precio a estos hombres, que ingresaron con Alfonsín, en plena democracia y egresaron en democracia.

-Más allá de cualquier consideración que roce las ideas, y con el pasado argentino, yo dudaría de la moral de una sociedad que no se siente tocada cuando ve que se agitan fantasmas de ese pasado.

-Estos hombres de estas Fuerzas Armadas son respetuosos de las instituciones republicanas. Lo han demostrado.

-General, usted combatió a los carapintadas, que también eran fuerzas “de la democracia”.

-En los años 80 hubo lamentables desencuentros con algunos grupos insurgentes en dos gobiernos de diferente signo político. El 3 de diciembre del 90 marca un punto de inflexión en la historia institucional argentina; es cuando queda materializada la subordinación definitiva de las Fuerzas Armadas, sobre todo en el Ejército, al poder político.

-¿Cree posible una reforma militar sin reequipar a las Fuerzas Armadas? 

-No. Mire, las Fuerzas Armadas existen en cualquier país porque existe el Estado, un espacio territorial, una soberanía y una población, alos que deben proteger. La Argentina tiene una doctrina de estrategia nacional defensiva, disuasiva. Pero yo tengo que tener algo con qué cuidar los objetivos vitales que, para mí, en estos momentos son tres: la Patagonia, 30% de territorio con 5% de población y una riqueza enorme: litio, gas, petróleo, uranio y podemos seguir; el litoral marítimo: seis mil kilómetros de costa, no sabemos lo que hay en nuestra plataforma continental, pero vienen flotas de todo el mundo a saquear nuestra riqueza ictícola; el Atlántico se proyecta hacia un país con el que tenemos una disputa de soberanía no resuelta, Malvinas y hacia la Antártida. El tercer objetivo es el acuífero guaraní, la tercera reserva de agua dulce más grande del mundo que compartimos con Brasil, Paraguay y Uruguay. Y en este proceso de modernización de las Fuerzas Armadas, el Congreso Nacional tiene una importancia fundamental porque es quien dicta las normas para organización y gobierno de las Fuerzas Armadas, lo dice la Constitución. Veo este proceso de modernización muy positivo, por lo menos lo que se quiere hacer, pero no hay que hablar de dos o tres años: esto va a llevar cuatro o cinco mandatos constitucionales con gobiernos de diferentes signos políticos. Hay que consensuarlo en el Congreso.

-Usted habla de una política de Estado que no existe.

-¡Pero debería existir! En toda mi vida militar nunca vi en la Argentina un sistema integral de defensa. Y como retirado, tampoco.

– En estos días en los que el Gobierno pide ajuste, y ajusta, hablar de reequipar a las Fuerzas Armadas puede sonar antipático.

-Hay cosas que se pueden hacer. Hay que empezar despacito, hay que planificar. La maratón dura cuarenta y dos kilómetros, pero los primeros metros son fundamentales…

-Entre las hipótesis de conflicto de esta reforma aparece el narcotráfico. Usted siempre estuvo en contra de la participación de las Fuerzas Armadas en eso.

-Y lo estoy. Sigo pensando lo mismo. No es nuestra misión. La experiencia me dice que los resultados nunca son buenos, he visto cómo se destruyen fuerzas armadas en la lucha contra el narcotráfico, que está ligado a otros delitos internacionales: el tráfico de armamento, la trata de personas, el tráfico ilegal de emigrantres, el lavado de dinero. Al narcotráfico hay que atacarlo en amplios frentes, con decisión del poder político y del poder judicial. Hace falta información, inteligencia y contrainteligencia. En eso hay que centrarse y no en la “mula” que pasa por la frontera. Por otro lado, el envío de efectivos militares está contemplado en la Ley de Seguridad Interior, que es de 1991. La ley también dice que esas fuerzas no pueden actuar en el narco interno.

-Eso, ¿y quién hace la inteligencia?

-Las fuerzas autorizadas por la Ley de Inteligencia. Ahí no entran las Fuerzas Armadas.

-Ese parece ser el temor, los fantasmas del pasado: que las Fuerzas Armadas vuelvan a hacer inteligencia interna.

-Mire, cuando las Fuerzas Armadas lamentablemente intervinieron en lo interno, lo hicieron por orden, consentimiento o complacencia del poder político, que es el que las tiene que mandar.

-O cuando las Fuerzas Armadas fueron gobierno…

-Eso también fue avalado por parte de la sociedad. ¿O nos olvidamos de los empresarios, sindicalistas, de algunos colegas suyos, de algunos hombres de la cultura que apoyaron el “Proceso”? Los golpes, del 55 en adelante, fueron todos cívicos militares, sin eludir con esto la grave responsabilidad que tuvieron las Fuerzas Armadas. Hay tres leyes que deben regir todo esto: la de Defensa Nacional, que es bien clara y está vigente, la de Seguridad Interior, del año 91, y la Ley de Inteligencia Nacional. Esas son las que deben guiar al poder político en el empleo de las Fuerzas Armadas.

-Quienes se oponen a la reforma dan por hecho el respeto a las leyes. Lo que temen es que alguien deje de respetarlas. Un jefe del Ejército hizo espionaje interno y no hace mucho.

-¡Es problema del poder político! Al señor que usted no nombra lo conocí en 2008 y de manera protocolar, cuando yo era embajador. Yo respondo por la solidez profesional y el apego a la ley de quienes conducen hoy las Fuerzas Armadas. No se va a dar nunca lo que usted dice. Y si se dio, fue porque el poder político lo ordenó, lo consintió o lo apoyó. Le aclaro que, en el gobierno anterior, y en el Operativo Escudo Norte, las Fuerzas Armadas hicieron patrullaje.

-Ya que hablamos de eso. El terrorismo internacional, otra de las hipótesis de conflicto, usa a nacionales para sus ataques: Francia, España. En París, Notre Dame está patrullada por paracaidistas. Y el tradicional barrio judío de Le Marais, también. ¿Cómo enfrentar a ese terrorismo sin patrullaje y sin inteligencia?

-Creo que la situación de Francia es más compleja. Nosotros tenemos fuerzas para actuar contra el terrorismo internacional que son las policiales y de seguridad. Emplear a las Fuerzas Armadas para una función para la que no están preparados sería inconducente y desmoralizante para las propias Fuerzas Armadas porque su misión es otra. Creo que el Presidente se ha referido a eso.

-Usted dice que cambió la naturaleza de la guerra. Pero la industria armamentista y los traficantes de armas siguen con las armas tradicionales. Gente tan astuta no puede estar tan equivocada. El ministro de Defensa ha dicho hace unos días que las guerras ya no se hacen con tanques, lo que, para un ignorante como quien le habla, suena por lo menos raro.

-Respeto la opinión del señor ministro de Defensa, que debe tener mucha más información, porque todo esto ha sido resultado de una minuciosa apreciación de estrategia nacional. Todos los ejércitos modernos que conozco, y conozco muchos, tienen blindados y cañones. Ahora hay nuevas armas, químicas y biológicas, y hay que responder también a los ataques en el ciberespacio, por supuesto. Todo se complementa con lo que tenemos que tener en tierra.

-¿No es un contrasentido que enviemos a las fuerzas armadas a la frontera y tengamos a la Gendarmería en las ciudades?

-Zapatero a tus zapatos: la Gendarmería y la Prefectura son fuerzas sólidas, profesionales y capacitadas para lo que tienen que hacer. Ahora, si usted pone a la Prefectura a controlar el tránsito en el lago de Palermo, como la he visto, o a la Gendarmería en la villa 31, no está usando bien esas fuerzas. Ni la Prefectura ni la Gendarmería quieren eso. Déjeme borrarle una preocupación: el Ejército no tiene ni por misión, ni por despliegue, ni por estructura, ni por material, ni por armamento, una capacidad para actuar seriamente en el marco interno. Por eso lo descarto. El Ejército está para otra cosa. En todos los países.

Itinerario

El 13 de junio cumplió 84 años. Entró al Colegio Militar a los 17. Estudió derecho cuando era un joven teniente en Córdoba y Buenos Aires. Llegó a Jefe del Ejército en 1991 y se quedó por pedido de Carlos Menem hasta 1999. Peleó en Malvinas hasta la última munición. Como subjefe de Estado Mayor terminó con los carapintadas, FAL en mano y en Palermo. Enfrentó la muerte del soldado Carrasco que puso fin al servicio militar obligatorio, hizo una severa autocrítica por la represión ilegal. Jura que, hoy, las Fuerzas Armadas son otras. Y que nunca más: ni golpes de Estado ni espionaje interno.

El general que fue distinto al Ejército que lo formó

Sale recién, endoscopía mediante, de una bruta intoxicación con una pizza Margarita con anchoas arteras; igual toma un taxi, no tiene auto, para ir a nadar a la sede Jorge Newbery de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, pileta de 50 metros. Si no hay remedio, se conforma con “el bidet”, dice, de 22 metros de un mega gimnasio cercano. Martín Balza lee ahora las memorias del historiador Robert Potash, a quien conoció en 1965, cuando era teniente primero y Potash investigaba su primer tomo “De Yrigoyen a Perón”, sobre la inescrutable relación histórica del Ejército y la política: la amistad entre ambos duró una vida.

Escucha ópera, música sinfónica, jazz, recuerda haber visto en vivo y en otra Buenos Aires, a Louis Armstrong, a Nat King Cole en el Gran Rex, a Margot Fonteyn y a Rudolf Nureyev en el Colón; aspira a ver pronto “La Viuda Alegre” de Franz Lehár, y si lo apuran tararea un fragmento. Esa calma bucólica se transforma en tempestad cuando habla de ejército y política; adiós contemplación, allí manda la pasión.

Vive en un departamento que parece quedarle chico a su metro noventa y tres. Las paredes atesoran varias condecoraciones de las que le rescata con pasión a dos: la Medalla al Mérito Militar de Malvinas y la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa, creada por Napoleón. Tiene en un sitio destacado un diploma firmado por sus jóvenes oficiales de Malvinas, “a los que traje a todos de vuelta”. En un rincón, que no arrinconada, detrás del velo pudoroso que obra la pantalla de una lámpara, hay una foto extraña para un alto jefe militar argentino: Fidel Castro le dice algo, copa en mano. “Me da vergüenza, pero él se me acercó y me dijo: ‘Quiero brindar contigo por tu dignidad’”. Fue en Bariloche, en octubre de 1995, durante la Cumbre Iberoamericana y después de la autocrítica de Balza por la represión ilegal en los años de plomo. Su escritorio carece del quién sabe si añorado orden interno y tiene el barullo de papeles de quien piensa en un libro. Será sobre liderazgo y tratará la personalidad, y andanzas, de Erwin Rommel, de Arthur Wellesley, duque de Wellington, a quien Napoleón conocía, entre otros. Para Balza, la conducción, la militar también, tiene dos principios: unidad de comando, “Manda uno, donde mandan muchos…” y economía de fuerzas. Está convencido de que la profesión militar pierde dignidad y jerarquía cuando las decisiones militares se basan en consideraciones políticas e ideológicas. Y a quien le caiga el sayo… No quiere que se lo insinúen, pero es un militar distinto al Ejército que lo formó: “Debe haber otros…” Lo adjudica a la formación humanista que, junto a las ciencias exactas, se daba en el Colegio Militar de los años 50. A sus estudios de derecho, a la alternancia con el ambiente universitario cordobés,cuando era un joven teniente y estudiaba abogacía. No tiene vocación de eternidad. “Seré un cuadro más en la galería de los jefes de Estado Mayor”. Su leve deseo de posteridad está ceñido a la que fue su vida entera, el Ejército, “que me dio tanto, como una madre bien amada”, y a parte de sus hombres: “Quisiera haberme hecho merecedor del respeto de mis oficiales, suboficiales y soldados”.

Al toque

Un proyecto Ver y compartir con mis nietos. Me dediqué al Ejército y no vi crecer a mis hijos.

Un sueño La convivencia que todos los argentinos queremos Un recuerdo Tres: cuando me dijeron en Malvinas que había nacido mi hija (La conocí a los tres meses). El regreso humillante de las islas que nos deparó el “Proceso”. Y el sapucai de mis soldados litoraleños cuando disparaban los cañones en Malvinas. Me iré a la tumba con esos recuerdos.

Un líder También tres: Yrigoyen, Perón y Alfonsín.

Un prócer San Martín.

Una comida Milanesa completa.

Una bebida Malbec, aunque ya casi no tomo alcohol Un placer Llegar a GEBA y seguir nadando.

Un libro “El Deber”, de Samuel Smiles. Lo leí cuando era cadete. Y “Las sandalias del pescador”, de Morris West.

Una película El Juicio de Nuremberg.

Una serie No soy muy adicto, pero elijo La Segunda Guerra Mundial en colores.