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Entre un Boudou juvenil y el vicepresidente, la continuidad de un carácter y una diferencia de escala

Alguna vez, en un alarde ingenuo, Amado Boudou había dicho que Argentina era el país donde todo resultaba posible. La mejor prueba, él mismo había llegado a ocupar el Ministerio de Economía. Lo que el propio Boudou juzgaba motivo de triunfo personal, los argentinos podríamos juzgarlo como ejemplo de nuestra decadencia. Pero por entonces, creer les parecía a muchos lo más aconsejable, incluso creer en un bandido. ¿Cómo resistirse a la foto de Boudou en Times Square, en Nueva York, con el amigo José Núñez Carmona -socios de la vida, de la empresa y el fraude-, recién llegados a la capital del mundo? Y al centro del capital. El muchacho que hizo su primera gestión como mentor y DJ del boliche Frisco Bay, de la costa, que los viernes convocaba a referentes del rock nacional, siempre parece haber confiado en el poder de su carisma. Quienes fueran sus amigos de la juventud marplatense y asistieron a su escalada desde una militancia en la UCEDé, hoy se preguntan cuándo fue que se malogró Aimé. Lo recuerdan como coleccionista de guitarras eléctricas y hoy subrayan que quien le otorgó el primer plano no fue Cristina Fernández, como se cree, sino el propio Sergio Massa, con quien trabajó en la Anses y luego lo desconoció por completo.

El escándalo Ciccone tuvo un origen menor y tangencial. Salió a la luz en una entrevista de Nicolás Wiñazki y por la boca menos legitimada, Laura Muñoz, ex esposa de un ignoto Alejandro Vandenbroele. A raíz de su juicio de divorcio, la mujer reveló que su ex marido, que le esquivaba al pago de alimentos, en verdad era testaferro de la empresa Ciccone, cuyo dueño era Boudou, ministro de Economía. Solo uno en un centenar de chismes que baraja un periodista llevan a la verdad: este dio en el blanco. Si bien el testimonio no podría ser empleado, dio crédito al circuito previo de trascendidos sobre corrupción en la cúpula kirchnerista, y en el caso de Boudou se agregaba a datos sobre su enriquecimiento –luego se lo daría por dueño de la confitería Boston, de Mar del Plata, de la cadena de suites Aspen, de la vinería Aldo’s. Con Muñoz saldría a la luz la madeja de empresas figurantes -London Supply, The Old Fund-. Si en Argentina el tono siempre vira a la picaresca y la ópera bufa -todo adquiere un estilo Alberto Sordi-, esas empresas querían trasuntar la prosapia anglo, estilo Aspen, justamente, barnizaban la cáscara con vistas al fraude elegante.

Ayer Boudou fue sentenciado por haber comprado junto con su socio Núñez Carmona, y gracias a su investidura, la ex- imprenta Ciccone Calcográfica (rebautizada Compañía de Valores Sudamericana), quedándose con los encargos de impresión de billetes y documentación del Estado. La compra se hizo a través de The Old Fund, propiedad de Vandenbroele, el primer y exitoso arrepentido de la corrupción K.

Propiedad de la familia Ciccone y con una foja de prestaciones al Estado que arrancó en la dictadura y se aquilató durante el menemato, la imprenta entró en quiebra en julio de 2010 por un pedido de la AFIP. Al poco tiempo The Old Fund adquirió el 70% de sus acciones y levantó la quiebra. Según consta en la causa, The Old Fund había sido creada en 2009 para facturar un servicio de mediación en el marco de la reestructurada deuda de Formosa con el Estado central, por el que la novel firma cobró $ 7,6 millones en su primera factura. Rebautizada, la imprenta arrancó confeccionando las planchas de boletas electorales de «Cristina Fernández / Amado Boudou», candidatos a las primarias de agosto de 2011. En este caso hubo dos contratos cuantiosos, para las primarias y las definitivas de octubre. Ocurrió que como la maquinaria no se ajustaba a las boletas, acabarían tercerizando el encargo.

Aunque durante algunos años Boudou y Vandenbroele se desconocieron mutuamente (el primero llegó a publicar una solicitada para negarlo), en abril de 2012 la Justicia confirmó que éste pagaba el alquiler y el cable de un piso propiedad de Boudou. Otro socio minoritario de The Old Fund compartía domicilio legal con él cuando era ministro de Economía.

Una vez salpicado de lleno por el escándalo, Boudou empezó a ejercitar su táctica de fuga hacia adelante. Una de sus presentaciones más recordadas fue cuando, en febrero de 2012 y con la causa al rojo, reapareció como vicepresidente rocker en el Festival del Lago de Calafate, guitarra en mano, junto a La Mancha de Rolando, en un megashow organizado por la intendencia. La banda ya había participado con una de sus canciones en la campaña de 2011, eslogan de la carrera política del vicepresidente. Dos meses más tarde, cuando el agua ya le subía al cuello, hizo otro escape en una inolvidable conferencia sentado a una larga mesa en el Senado, al denunciar aprietes previos del Procurador General de la Nación, Esteban Righi, un peronista histórico, y a su esposa, lo que condujo a la renuncia de éste. Un experto en lenguaje gestual llegó a repertoriar en su video todos los tics del mentiroso serial.

Entretanto, la maquinola de Ciccone seguía imprimiendo. En marzo de 2012, el Banco Central le encargaba billetes por 400 millones de pesos, antes incluso de que la empresa se pusiera al día con sus deudas impositivas. La presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, aprobó el pedido y así salieron las primeras planchas de la ex Calcográfica en mayo. Estos primeros billetes de 100 pesos, de la serie U, resultaron tan defectuosos que el público los creía falsos. Una de las fantasías que rodaban entonces era cómo se podría determinar de manera fehaciente que no se multiplicaran las planchas. Billetes gemelos o trillizos, idénticos en numeración, un sueño de fraude digno de Arlt.

A comienzos de junio de 2014, Boudou era el primer vicepresidente de la historia del país en ser indagado en medio de su mandato: sería el primero en quedar procesado en una causa penal, imputado por negocios incompatibles con su cargo, y el primero en marchar preso. En esa ocasión, el vicepresidente volvió a hacer gala de ese aplomo al pedir al juez Ariel Lijo que se televisara la indagatoria, llegando a ofrecer una oficina del Senado como si se tratara de una locación cinematográfica, la misma boiserie que había empleado en la presentación en el Senado.

Ha sido una constante reveladora que, junto a sus aires de simpatía mundana y la simulación de las altas finanzas, una y otra vez quedaran al desnudo las pequeñas bajezas de bandido común cometidas literalmente por chirolas, como si la deshonestidad que le hizo mentir a su primera esposa en torno del auto de la pareja, para quedarse con la totalidad de un bien ganancial, después lo llevara a dar falsos domicilios, como cuando fijó su residencia en un médano, y que al cambiar de escala, él solo considerara aumentada la onda expansiva del fraude, ya no tan pequeño, la fábrica de hacer fortuna. La misma torpe picaresca, solo que ejercida a lo grande