La travesura de tres chicos que con un grafitti encendieron la mecha de la guerra en Siria

Soldados sirios celebran la liberación de la ciudad de Daraa, cerca de la frontera con Jordania. / AP

Con la entrada del ejército de Siria y de la policía militar rusa a Daraa, retomando el control de la ciudad y expulsando así a la rama siria de Al Qaeda, Hayat Tahrir al-Sham, la guerra civil que viene arrasando al país desde 2011 está llegando a su fin. Todavía quedan algunas áreas bajo el control de militantes islámicos en las provincias de Aleppo y de Idlib, pero cada vez son menos, y la presión de las fuerzas leales a Al-Assad promete intensificarse aún más sobre los últimos bastiones rebeldes. 

No deja de ser una extraña vuelta de la historia que la ciudad de Daraa terminara siendo una de las últimas en ser liberada del yugo de extremistas y combatientes islámicos. Tal vez sea difícil recordarlo ahora, pero el violento conflicto actual empezó hace más de 7 años como una ramificación de la Primavera Árabe, con sus mismos sueños de emancipación, aire y libertad. Y fue justamente en Daraa donde todo empezó, en la tarde del 16 de febrero de 2011.

Fue en un intento de hacer reír a los chicos mayores con los que en ese momento se encontraba que Naief Abazid, entonces de 14 años, decidió graffitear una pared de su colegio. Justo debajo de la ventana de la oficina del director, Abazid escribió: “Es su turno, doctor Al-Assad”. Para el grupo de adolescentes no era más que una travesura, “una tontería”, como recordaría años después el mismo Abazid, pero en una región convulsionada por los levantamientos en Egipto y Túnez, a lo que se sumaba un líder paranoico por lo que sucedía a su alrededor, la leyenda fue leída como una declaración de guerra contra el régimen. 

Este incidente echaría a andar una serie de eventos que transformaría la historia de un país, como así también la vida de un joven, que pronto se encontraría huyendo, en un estado de terror constante ante la imposibilidad de prever qué sucedería después. 

Una guerra civil de más de 7 años dejaron a la ciudad de Daraa en ruinas. / AFP

Fue en 2016 que Abazid, ya instalado y con permiso de residencia en Austria, relató por primera vez qué fue lo que le sucedió tras hacer el graffiti, en una entrevista con el sitio The Globe and Mail. Al día siguiente del hecho, se presentó en el colegio un oficial que se identificó como funcionario del ministerio de Educación. Tras decirle que quería preguntarle por algunas pintadas que habían aparecido en la escuela, el hombre le pidió al joven que lo acompañara afuera. Allí lo empujó dentro de un auto, donde lo esperaban otros tres, que inmediatamente comenzaron a golpearlo. “Me pegaron con los puños y los codos, además de pegarme cachetadas a mano abierta”, recordó. 

Abazid se pasaría los próximos 10 días siendo torturado por las temidas fuerzas de seguridad interna de Siria, los mukhabarat. En una sede del organismo, el muchacho fue amarrado al techo por las muñecas, con los pies suspendidos a varios centímetros del piso. También lo forzaron dentro de una rueda de una camioneta, la cual hacía rodar por el suelo a toda velocidad hasta que impactara con un muro de hormigón, uno de los métodos de tortura favoritos de los interrogadores del régimen de Al-Assad. Según sus recuerdos, lo encerraron en una celda de un metro y medio de largo, por medio metro de ancho, de donde lo sacaban cada hora para una nueva ronda de tortura. 

“Yo les decía, ‘no entiendo qué está pasando’, y ellos me respondían, ‘no te preocupes, ya vas a entender'”, explicó en la entrevista. 

Eventualmente, Abazid se quebró y confesó que él había sido el autor del graffiti. Pero eso no fue suficiente para sus interrogadores, que querían más nombres. El joven nombró a cinco más, los cuales a su vez dieron otros nombres, hasta que el número de involucrados en el episodio creció hasta 23. Según The Globe and Mail, que intentó averiguar el destino de todos ellos, al menos tres de ellos están muertos, y solo la mitad sigue aún en Siria. 

Para poder entender la situación que se desencadenó a partir del graffiti de Abazid, es necesario recordar un evento crucial que había sucedido en diciembre de 2010, tan solo dos meses antes. Tras ser acosado por enésima vez por la policía, que quería confiscarle sus frutas y verduras por no tener una licencia para venderlas, el joven vendedor tunecino llamado Mohamed Bouazizi se encontró con que no tenía dinero para ofrecerles una coima. Sin mercadería ni dinero, Bouazizi compró un bidón de nafta, se roció y se prendió fuego frente a la oficina del gobernador de la región. 

El episodio Bouazizi marcó un punto de inflexión para los tunecinos, que generaron un levantamiento masivo, el cual es señalado como el comienzo de la llamada Primavera Árabe. Para los mandatarios de los países de la región, cualquier señal de protesta, por mínima que fuera, se trataría como una potencial amenaza directa a su supervivencia. 

Tras poco más de un mes, Abazid y los demás fueron liberados, en parte como una estrategia de Al-Assad para intentar calmar los ánimos en Daraa. Todo el mundo sabía que caer en las garras de las fuerzas sirias podía significar desaparecer para siempre (Abazid mismo recuerda que, al entrar a la sede de los mukhabarat en su ciudad natal, en una las paredes leyó la frase: “Quienes entran acá son desaparecidos. Quienes salen son renacidos”), pero la situación de los 23 jóvenes causó furia entre la población local, que los buscó de forma intensa hasta que el régimen finalmente los largó. 

Al poco tiempo, la familia debió huir a Jordania, donde vivieron como refugiados. Abazid intentó volver a Daraa, pero eventualmente se fugó hacia el norte, donde debió lidiar cara a cara con combatientes de ISIS. Junto a cientos de miles de sirios, en 2015 emprendería un viaje sin nada hacia Europa, donde finalmente recaló en Austria.