Croacia, el joven país de la Unión Europea que reafirma su nacionalismo con el fútbol

Sonrisas. La presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kitarovic, en Bruselas, con el estadounidense Donald Trump, este jueves tras la cumbre de la OTAN en Bruselas. /AFP

“Mala zemlja. Veiliki snovi”. Esas cuatro palabras decoran el ómnibus con el que la selección croata de fútbol se mueve en el Mundial de Rusia: “Pequeño país. Grandes Sueños”. Croacia hizo historia y, con el triunfo sobre Inglaterra, se metió en la final de la Copa, que se jugará este domingo. Aquí, una breve semblanza de este país, una nación joven de la que hablan hoy todos los fanáticos -y no tan fanáticos- del fútbol.

Orgulloso de su corta historia, es un país acostumbrado a proclamas nacionalistas. Nacido en 1991 tras la desintegración de Yugoslavia, Croacia vivió los cuatro años siguientes en una guerra cruenta que dejó al menos 20.000 muertos y cientos de miles de desplazados. La mayoría de los jugadores que el jueves vencieron a Inglaterra y que el domingo se medirán ante Francia pasaron su infancia marcados por las bombas y los disparos.

Hace tiempo que Croacia dejó atrás el conflicto bélico, pero ese recuerdo de tanto sufrimiento, sigue ahí. “Hemos logrado algo histórico para un país con 24 años desde nuestra independencia”, comentó el jugador estrella Luka Modric refiriéndose a 1995, año en el que terminó la guerra.

Quizás esos recuerdos también forjaron una resistencia tremenda en la mentalidad de los futbolistas croatas. La pasión por la camiseta se entrelaza sin dudas con un sentimiento de nacionalismo fruto de décadas de conflictos étnicos y religiosos que terminaron en los años 90 con una desintegración sangrienta de Yugoslavia.

Ese país había sido, en gran medida, una creación artificial, surgida de la reorganización del espacio europeo tras la Primera Guerra Mundial. El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, como se denominó hasta 1929, hubiera debido aportar estabilidad a la siempre conflictiva Europa del Sureste si sus etnias integrantes hubiesen sido capaces de una convivencia armónica. Pero la incompatibilidad de las visiones nacionalistas de serbios, croatas, eslovenos, albaneses, bosnios o macedonios, las diferencias religiosas y una historia de rencores milenarios frustraron la construcción del Estado y facilitaron la disgregación que trajo la II Guerra Mundial. La nueva Yugoslavia surgida en 1944 logró durante un tiempo acallar las pulsiones separatistas, en buena medida por el prestigio que disfrutaba el hombre fuerte del régimen, el croata Josip Broz, Tito. Pero su muerte, en mayo de 1980, fue el principio del fin. La federación de pueblos eslavos del sur comenzó a desintegrarse.

Para 1990 Croacia era todavía parte de la República Federativa Popular de Yugoslavia, que reunía a Bosnia y Herzegovina, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia. Pero un año después proclamó unilateralmente su independencia. Estalló enseguida una guerra sangrienta contra Serbia, que duró 4 años, hasta agosto de 1995, y dejó al menos 20 mil muertos y 37 mil heridos, según cifras croatas. Además de unos 447 mil desplazados, según datos del lado serbio.

Argentina también figura de algún modo en la historia reciente de Croacia y su traumática guerra. Terminado el conflicto, salió a la luz que, violando el embargo impuesto por la ONU, el país vendió a Croacia 6.500 toneladas de armas y municiones a través de empresas uruguayas fantasmas y embarques supuestamente encargados por Panamá, un país que no tiene Fuerzas Armadas desde 1989. Tal como denunció una investigación de Clarín entonces, entre 1991 y 1995 se vendieron 36 cañones pesados, 25.000 fusiles de combate FAL, misiles Pampero, minas antipersonales y granadas. Los envíos comenzaron en 1991, al amparo de dos decretos secretos firmados por el entonces presidente Carlos Menem, que fue condenado en 2013 a 7 años y medio de prisión por la venta de armamento a Croacia y también a Ecuador en 1995, cuando ese país estaba en guerra con Perú por un conflicto limítrofe.

El fútbol, que hoy lleva a Croacia a las portadas de los diarios de todo el mundo, jugó un rol fundamental durante la guerra de los años 90. En esos tiempos, los estadios “se convierten en sitios de expresión de oposición al régimen”, explica el francés Loïc Tregoures, profesor de ciencias políticas y autor de una tesis sobre “Fútbol, política e identidad” en la ex Yugoslavia. En Croacia, principalmente, se va al estadio a reivindicar un “nacionalismo croata reprimido”.

En 2018, en estos días de fiebre mundialista, en Zagreb, la capital croata, el júbilo es el de cualquier capital que celebra el triunfo de su selección. Pero, tras el triunfo en los cuartos de final y en la semifinal, la multitud en la calle coreaba el nombre del general Ante Gotovina, figura central de la guerra de independencia.

El gobierno croata se dejó contagiar por la pasión futbolística y este jueves se reunió vestido con la camiseta de la selección. El gabinete al completo del primer ministro Andrej Plenkovic se dejó fotografiar en Zagreb con las casacas de cuadros rojos y blancos del equipo nacional, que derrotó a Inglaterra por 2-1 en semifinales y el domingo jugará ante Francia por primera vez en su historia por el título mundial.

La presidenta del país, Kolinda Grabar-Kitarovic es una gran aficionada al fútbol y se la vio celebrando los goles en el estadio ruso cuando la selección de su país se enfrentó ante Dinamarca, en los octavos de final, y Rusia (en los cuartos), que terminaron en penales.

Croacia es miembro de la Unión Europa desde 2013, pero no está todavía en la zona euro y conserva su moneda, la “kuna”, que entró en vigencia en 1994, en plena guerra de independencia, para reemplazar al dinar.

La palabra que da nombre a la moneda designa también a un animal, la marta, un pequeño carnívoro cuya piel se utilizaba como moneda de cambio en la Edad Media. La elección de ese nombre también estuvo inmersa en la polémica: la “kuna” era la moneda elegida por el régimen pronazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Una característica central de Croacia es el mar, con casi 6.000 kilómetros de costas, incluidas las de más de 1.000 islas e islotes en el Adriático. Esto atrae a unos 17 millones de turistas al año y muchos de ellos se aventuran también a visitar otros joyas del país, la Istria interior, el macizo de Velebit o los lagos de Plitvice, entre otros lugares, en un país donde el turismo supone el 20% del Producto Bruto Interno.

Croacia es también el país del “prsut”, el jamón ahumado local, primer producto del país en haber recibido el sello europeo de origen controlado.

También son célebres en su gastronomía la trufa de Istria, numerosos vinos o platos de pescado.

La sopa de pescado local (“gregada”) compite para muchos con la bullabesa marsellesa. Otro pulso simbólico entre croatas y franceses para calentar motores de cara a la final mundialista del domingo en Moscú.

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