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Con las sanciones de Estados Unidos a Irán, se desata la batalla por la hegemonía de Oriente Medio

Con el restablecimiento anunciado por el presidente Donald Trump de las sanciones económicas, destinadas a asfixiar económicamente a Irán y a estimular el descontento popular interno, ha comenzado la batalla histórica por la hegemonía en el Gran Oriente Medio, que Estados Unidos espera ganar sin la necesidad de una guerra abierta de costos exorbitantes y riesgos enormes, por el peligro de un enfrentamiento nuclear con Rusia.

El ajuste de cuentas cambiará Oriente Medio para siempre.

Trump ha puesto en práctica el principio geopolítico que gobierna a la única superpotencia mundial, de impedir que un país hegemonice en su propia zona o región a sus vecinos, desafiando el predominio global de Estados Unidos. Mucho más si se trata del Medio Oriente alargado al Asia central, una inmensa área crónicamente desestabilizada que en los últimos decenios ha causado guerras y un fenómeno terrorista que llegó hasta el corazón de Nueva York con la destrucción, en setiembre 2001, de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono en Washington.

Hace 17 años que EE.UU. está empantanado en la guerra de Afganistán, que nunca podrá ganar, y sigue sin poder salir del todo de Irak, tras la fracasada invasión de 2003. Oriente Medio es el teatro más lleno de complicaciones para los estrategas del Pentágono y los intereses norteamericanos de mantener un control global consolidado para afrontar mejor el predominio sobre Asia, el continente clave, en el que China se proyecta como primera potencia mundial en las próximas décadas.

Trump no eligió mal el momento de la peliaguda prueba de fuerza de acorralar a Irán, con el objetivo estratégico de poner fin a la República Islámica gobernada por la sotana de los ayatollah shiítas desde hace casi 40 años, en los que no han cambiado de opinión respecto a la calificación de “Gran Satanás” que le endilgó a EE.UU. el líder de la revolución, el ayatollah Ruollah Jomeini.

El mejor momento de estos 40 años los vivieron el régimen y el pueblo iraníes en julio de 2015, cuando Irán fue legitimado ante el mundo por las seis más importantes potencias mundiales: Estados Unidos, China, Rusia, Gran Bretaña, Francia y Alemania. Sus representantes firmaron el levantamiento de las sanciones a Irán y un pacto por el que el régimen islámico se comprometió, y hasta ahora cumplió, a no desarrollar armas nucleares. Fue el momento más alto, que los 80 millones de persas y sus dirigentes vivieron con gran emoción y alegría en las calles. El presidente de EE.UU. era Barack Obama. Irán entraba por fin en los circuitos económicos y financieros, podía atraer inversiones extranjeras en particular energéticas, codearse con la gran política occidental sin despertar hostilidad.

Pero la situación cambió radicalmente por los acontecimientos que pusieron en el centro de los problemas mediorientales la guerra civil en Siria, en la que se han metido las grandes potencias, Turquía y sobre todo Irán. En siete años que han semidestruído a Siria, se han agrandado los riesgos.

Irán ha entrado en la competición geopolítica regional y su política de defensa preventiva, apoyada en la sensación de aislamiento e inseguridad que estresan a su diplomacia, es vivida por sus adversarios como una voluntad de política exterior ofensiva.

Vladimir Putin suministró un apoyo ruso interesado en devolver a su país al rol de gran potencia, que había sido protagonista en Medio Oriente y después no más cuando se disolvió la Unión Soviética a principios de la década de los años ’90. Siria es un aliado imprescindible que alberga una base naval y otra aeronáutica en el Mediterráneo, militarmente oro puro para la estrategia rusa de mantener una presencia global.

Los rusos cambiaron la situación. Siria pasó a la ofensiva e Irán consolidó su presencia en la guerra civil, enviando tropas de los Pasdarán, la élite militar de la Republica Islámica. Como los mapas están para leerlos con cuidado, hay uno que describe gráficamente el avance iraní. Proyecta un corredor irani-shiita que parte en Asia de Herat, en Afganistán, atraviesa Irán, Irak, Siria, y a través del Líbano finaliza en las aguas del Mediterráneo. Un milagro histórico inaceptable para Washington.

El problema es que se acabó la diversión porque después de Obama llegó Donald Trump. Anunció que se retiraría del acuerdo nuclear y en Irán el golpe fue enorme para la economía. Se hundió la moneda nacional que vale hoy la mitad frente al dólar. Todos se vieron venir lo peor.

En la noche entre el 9 y el 10 de mayo llegó la confirmación de que se había iniciado la guerra directa en el conflicto sirio. Por primera vez hubo una respuesta a los ataques israelíes con misiles contra objetivos iraníes en Siria, el último de los cuales, dos días antes, había castigado la base de Al Kiswa a sur de Damasco.

Los pasdarán lanzaron nutridas salvas de cohetes y tiros de artillería contra las bases israelíes en las alturas del Golán, en la frontera caliente que divide a Siria del Estado judío. Entre los objetivos había tres centros de comando, tres centros de guerra electrónica, un puesto de observación y una pista de helicópteros.

La respuesta israelí fue muy dura. Primero con artillería de 155 milímetros y lanzacohetes campales de 227 milimetros contra las posiciones sirias e iraníes. Depués partió la aviación, que atacó 30 objetivos en el área de Damasco, destruyendo depósitos, puestos de radar, baterías antiaéreas y fuerzas de los pasdarán, la guardia repubicana siria y las milicias shiitas libanesas de Hezbollah. Según los israelíes “casi todas las infraestructuras iraníes” fueron blanco de los ataques.

Al frente de los pasdarán estaría el mítico general Chassem Suleimaini, que los partidarios de la línea dura en Irán consideran el hombre de reserva para guiar un gobierno revolucionario si el enfrentamiento con EE.UU. llega a la fuerza de las armas y el régimen islámico trastabilla. Los pasdarán son una fuerza muy bien entrenada de 120 mil hombres.

Este cuadro deteriorado convenció al Pentágono y a Trump de que había llegado el momento de lanzar la ofensiva para evitar que se consolide el avance estratégico de Iran en Oriente Medio.

El anuncio de las sanciones ha sido demoledor en el bazar de Teherán, corazón palpitante de la vida económica. La rabia es general y también el abatimiento. “Las sanciones nos estrangulan”, dijo un importador. Los comerciantes hicieron huelga hace diez días en protesta por la inflación, la carestía de los productos, y la sequía financiera que van imponiendo los bancos, que se adelantaron a los anuncios de Trump.

El reformista presidente Hassan Rohani está contra la pared pero los ultraconservadores que se agrupan detrás del líder religioso de la revolución islámica, el ayatollah Ali Jamenei, evitan atacarlo a fondo. “Rohani es una protección para el régimen, si la crisis lo hiciera saltar la situación sería peligrosa para todo el sistema”, comenta un analista local.

De acuerdo a su estilo, Trump ha planteado el conflicto en términos de ultimátum. Quien hace negocios con Irán no puede hacerlos con Estados Unidos. Esta es una pésima noticia para los europeos, que siguen defendiendo el acuerdo nuclear con Teherán y tienen millonarios intercambios con Irán. Claro que los negocios son mucho mayores en el mercado estadounidense. Un caso es el de Italia, el mayor socio europeo de Irán. En noviembre llegará la segunda oleada de sanciones, las más graves, que embargarán las exportaciones de petróleo y aplicarán un estrangulamiento total en el campo bancario, aislando a Irán de los intercambios comerciales.

Italia manda dos mil millones de euros en maquinarias y aparatos eléctricos a Irán. También productos químicos y metales. Las sanciones por la venta de oro y otros metales preciosos, grafito, aluminio y acero, junto con el software para el sector automovilístico iraní, causan un daño enorme. Hay acuerdos firmados por 25 mil millones de euros, que incluyen trenes de alta velocidad e infraestructuras para el tramo Qom-Arak, que se evaporan con las sanciones. Italia es también uno de los cinco principales compradores de petroleo iraní.

La situación no tiene remedio, como les pasa a los otros países europeos. Los exportadores italianos no pueden renunciar a ventas por casi 50 mil millones de dólares anuales en Estados Unidos.

La convicción de los norteamericanos es que la aplicación de las sanciones bastarán para poner de rodillas a Irán. Trump y los generales del Pentágono ni piensan en una gran expedición tipo “Tormenta en el Desierto”, como hicieron en 1990 contra Irak, para quitarlo del Kuwait invadido por Saddam Hussein, en la que fue llamada primera guerra del Golfo.

Las protestas populares vienen creciendo desde hace tiempo en Irán y las sanciones agravarán la crisis “ad infinitum”. Si Teherán quiere forzar la situación, por ejemplo con un bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del comercio mundial de petróleo, se encargarán la Marina y la Aeronáutica de EE.UU. de reabrir la navegación en los apenas 50 kilómetros de largo de la zona más estrecha entre Irán y la península arábiga. Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos, Barhein y otras monarquías han coordinado ya todos sus comandos militares bajo el manto norteamericano.

Ni Rusia y menos aún China están interesadas en alzar el nivel de riesgo como potencias nucleares. Estados Unidos tampoco. Trump está seguro de que solo EE.UU. puede destruir a EE.UU. y cree que el futuro político le sonríe. Irán será domado.