Desnudos, en una galería porteña

La expo de Minujín culminó la semana pasada. / David Fernandez

En principio podría decirse que ganaron los buenos. Todavía no es del todo aceptada la imagen de un pene erecto en primer plano. Pero este año se exhibieron en Buenos Aires las pinturas que Marta Minujín presentó en noviembre de 1973 en la galería Arte Nuevo y que fueron descolgadas tres horas más tarde por presión de la policía. 

La serie, que ahora integró la muestra Frozen Sex en Henrique Faria, significó en su momento una vuelta a la pintura para Minujín, quien diez años antes había quemado todos sus cuadros para dedicarse de lleno al happening. Los mismos genitales que a principios de los ‘70 comenzaban a circular masivamente en Estados Unidos gracias al auge de la industria del porno, reversionados en clave pop. De algún modo Minujín estaba haciendo posporno, 40 años antes de que exista el término que define ese movimiento que propone revolucionar el concepto de la pornografía a través de lecturas feministas y posestructuralistas. 

Días atrás, una performance fue más allá. La prepararon el artista Mauro Guzmán y el actor Luciano Ciarrocca. Empezaba después de una conversación pública con Minujín en la galería. El público estaba invitado: la única condición, tener la menor cantidad de ropa posible encima, de ser posible, sacarse todo.  

Desnudos, dice Guzmán, y entre la concurrencia muda solo se escapa una risita. “Dijimos ‘pos-popnografía’ buscando un término que lo estalle todo, incluso el posporno”, aclara Francisco Lemus, autor del texto curatorial de la exposición. 

Si en la conferencia había unas 40 personas, quedan unas 20 para el siguiente paso. Entran al espacio preparado de a tres o cuatro. Se sacan la ropa adentro de la sala y la dejan a un costado. Algunos se sacan todo, otros, algo: mujeres en tetas, hombres en calzoncillos. 

Guzmán había explicado: “En mi obra se filtra lo posporno, como se filtran el gore, el terror, lo camp -una sensibilidad estética del arte popular que basa su atractivo en el humor, la ironía y la exageración- entre otras categorías que se superponen. Lo que busco es ir a fondo con una idea o sentimiento al grado tal de que pueda llegar a ser vergonzante, que pueda desbordar el trabajo e incluso hacerlo fracasar”. 

Pero fracasar, ya se sabe, nadie quiere. Cuando hay que pasar a la sala del desnudo, más de uno se escabulle. Quedan un par de valientes que se agrupan espontáneamente de a tres o cuatro y entran. 

En la habitación, supercalefaccionada, está el cuerpo de Ciarrocca en una postura que podría remitir a la de un suplicante, con la cabeza clavada en el piso y las nalgas hacia arriba. Alrededor están desparramadas un centenar de imágenes inclasificables que integran el archivo emocional de Guzmán. Hay también algunos adminículos: un par de grilletes dorados, un consolador rojo, un papel de celofán con el que se podría envolver a una persona, un chicote. 

Pero lo que llama verdaderamente la atención es ese cuerpo inmóvil que comienza a moverse. De pronto todo es posible, y de hecho el cuerpo se levanta, enfrenta a los presentes y pasan cosas. Pero prima el código de quienes honran la sacralidad del momento: lo que pasa en la perfo, queda en la perfo. El cuerpo humano es maravilloso y más maravilloso todavía si lo miramos como la primera vez: sin ropa, sin etiquetas.