Pato a la naranja y “a la pop”

El lobo marino y los clásicos alfajores, en una obra de arte de Marta Minujin.

La primera reacción con muchos de los precios de la cultura es escandalizarse. ¿Cuánto dicen que pagó el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales por ese pato que le colgó del cuello al lobo marino de Mar del Plata? ¿Trescientos mil pesos? Escándalo.

En el mundo del arte lo miran con otros ojos. Es decir, lo miran según quién lo mire. Hay galeristas que dicen que la obra de Marcos López, el autor del patito, no les interesa y que se paga según el gusto. Hay quienes dicen que valoran mucho a este santafesino que, como fotógrafo, desarrolló una estética: uno de sus libros clave se llama Pop latino, y eso lo define. Del lado de la gestión pública -pero desde afuera de este gobierno- alguno opina que lo que se pagó es lo normal.

Sin discutir si el precio es alto o no cabe preguntarse, sin embargo, si el Estado estaba en condiciones de gastar esa plata en medio de este clamor de austeridad. La decisión política de contratar la obra.

Más allá de la plata, entonces, está la discusión por el valor simbólico de la obra. ¿Qué nos dice aquí esta estética pop, este salvavidas tan igual a los de la vida cotidiana? Si hacia los años ’50 el pop criticaba y festejaba la industrialización, la masificación, casi 60 años después, del plástico en serie es la pobreza made in China. Y la concentración del dinero: en otro contexto, eso mismo vale mucho. Trescientos mil pesos.

Hace cuatro años, Marta Minujín escandalizó con algo parecido: un lobo marino hecho con papeles de alfajor. La artista tomaba un ícono de la ciudad y lo construía con otro: los Havanna. Pero todo en su decadencia: en los escalones de la Bristol hay olor a orín y los alfajores los produce una multinacional y los vende en todas partes.  

El lobo marino de Minujín ya no era el de la elegante Mar del Plata sino el del turismo masivo. El del patito. Con la mirada irónica que se lleva en la época en que vivimos.