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Murió Kive Staiff, una figura emblemática del teatro argentino

Crédito: Silviana Boemo

Murió Kive Staiff, figura emblemática del teatro argentino.

Había asumido en el Teatro San Martín -y con el tiempo ampliaría todas sus funciones al Complejo Teatral- en 1971, cuando el país entraba en el último tramo de una dictadura militar (ya con Lanusse sería más atenuada, abriendo paso a las elecciones y a un tiempo convulsionado).

En una entrevista con Clarín mucho más reciente -al tiempo de su retiro, en 2010- Staiff recordó que “no era fácil que bajo un gobierno militar entendieran lo que es un teatro. Pero el intendente Saturnino Montero era un tipo audaz, inteligente. Yo lo apreciaba muchísimo. Fue un gran defensor mío, porque tuve algunos ataques de militares, y no militares también”.

Aquella capacidad de Kive Staiff para maniobrar en la tormenta se vio de entrada: sus primeras obras bajo su programación fueron “Un enemigo del pueblo”,de Ibsen, y “Nada que ver con otra historia”, de Griselda Gambaro. “No eran obras para el espectador habituado al no compromiso conceptual ni formal del Teatro. Y desde ya, no eran obras complacientes con el poder”, contó.

¿Quién podría imaginar que las funciones de Staiff al frente de ese faro cultural que representa el San Martín, inaugurado a principios de 1960, se se iban a extender por varias décadas, hasta su definitivo retiro en 2010?

Nacido el 19 de octubre de 1927 en Entre Ríos, Kive Staiff fue  un referente de la cultura nacional del último período.

Pese a que sus estudios fueron en Contabilidad y en Ciencias Exactas, sus comienzos fueron como crítico cultural -también editor- en medios como La Opinión a principios de los 70 o la revistas Análisis y Confirmado. Fue jurado en múltiples concursos y fundó la Asociación de Críticos e Investigadores de Teatro de la Argentina, además de impulsar distintas revistas especializadas.

También escribió, entre sus ensayos, “El teatro de Armando Discépolo” en 1968, “El teatro de August Strindberg” y “Tadeusz Kantor y el teatro de la muerte” durante los años 80. Y no sólo fue crítico, ensayista y gestor, sino también productor en el teatro independiente, donde trajo obras como “El zoo de cristal”, “La dama boba” y “Final de partida”.​

Ejerció la dirección general y artística del San Martín entre 1971 y 1973 y 1976-1989, por lo cual consiguió hacerlo -siempre con limitaciones, pero sin ceder su espacio de libertad- tanto bajo la democracia como en la dictadura.

Posteriormente tuvo funciones en Asuntos Culturales de la Cancillería cuando lo requirió Guido Di Tella, fue convocado como director general del Colón entre 1996 y 1998, y retornó a la dirección del San Martín, hasta su citado retiro. Allí conducía los destinos del Complejo Teatral que, además del San Martín, incluye las salas Presidente Alvear, Sarmiento, Regio y Teatro de la Ribera. 

Entre sus distinciones, aparece la que le entregó el gobierno de Francia: Oficial de la Orden de las Artes y las Letras. También dos premios Konex en el ámbito cultural y la declaración de “Personalidad Destacada de la Cultura”, por parte de la Legislatura y el doctorado Honoris Causa de la Ciudad de Buenos Aires.

También admitió que, a su llegada al San Martín, tenía los preconceptos del crítico: “Yo había cuestionado las gestiones anteriores y me asustó un poco cuando vinieron a decirme que llegaba el momento de demostrar que había estado cacareando a través de la prensa a lo largo de tantos años”, agregó en aquella entrevista con Clarín. Y dijo que “llegué al Teatro con la convicción de que se podía hacer la Revolución… Sigo creyendo que hay revoluciones posibles. Quizás más modestas, pero igualmente importantes”. Partía de una convicción: una buena obra de teatro le puede cambiar la vida a alguien. “Absolutamente, pienso así”, enfatizó.

Después de aquel comienzo con las obras de Ibsen y Gambaron llegarían “Las troyanas” de Eurípides en la versión de “Sartre” y una maravillosa puesta de “El círculo de tiza caucasiano” de Bertold Brecht. Enseguida, clásicos argentinos como “Stefano” de Discépolo.​

Al retornar la democracia en 1983 y asumir Alfonsín, se cambiaban -obviamente- todas las estructuras estatales. “Pero fue uno de los momentos más gratificantes de mi vida. Recibí un llamado de Ernesto Sábato quien, en nombre del Presidente, me dijo que querían que quedara al frente del Teatro. Para mí fue inolvidable, y lo acompañé toda la gestión”.

También aludió a su permanencia en dictadura: “Los regímenes militares fueron extraordinariamente ignorantes, no sabían lo que significa el fenómeno cultural. Y el teatro, mucho menos, al que consideraban un arte minoritario. Pensaban que el teatro era sólo de un grupo de loquitos, y no importaba. Fui afortunado porque el secretario de Cultura, Ricardo Freixá, era mi amigo y me obligó a retomar la dirección del San Martín en 1976”. Uno de los que defendió la continuidad de Kive Staiff fue el intendente Osvaldo Cacciatore, brigadier. “Nunca me hizo una sola objeción a mi programación. Y cuando anunciamos ‘El alcalde de Zalamea’, de Calderón de la Barca, me dijo: no vamos a cuestionar a Calderón de la Barca. Haga lo que tenga que hacer”.

No obstante, era una época de represión, censura, listas negras. Staiff admitió que no se podía programar a autores como Bertold Brecht o, entre los nuestros, a Roberto Cossa. “Pero también recuerdo que actores y actrices que figuraban en listas de prohibidos, y que no podían trabajar ni en cine ni en televisión, sí tuvieron su espacio en el San Martín. A finales de los 70 inauguramos un ciclo de conciertos en el hall del teatro y fue un espacio extraordinario para todos los que no podían reunirse en ninguna otra parte”.

La fecunda labor de Kive Staiff al frente del San Martín no sólo consistió en la programación teatral. También, bajo su gestión, creció el Ballet Contemporáneo que dirigieron figuras como Ana María Stekelman, Oscar Araiz y Mauricio Wainrot.

Promovió sus giras, nacionales e internacionales. A la vez, gestionó la visita de grandes figuras como la coreógrafa Pina Bausch, el director polaco Tadeusz Kantor, el italiano Darío Fo y el maravilloso actor Vittorio Gassman. Durante la década del 80, el San Martín podía tener temporadas de un millón de espectadores.

Sobre su paso por el Colón comentó que “me sorprendí por el apasionamiento, diría casi escolástico, de los espectadores de la ópera, a diferencia del espectador de teatro. Pero en cualquiera de los dos casos quisiera reivindicar la idea de la presencia del Estado en la actividad cultural. Buenos Aires sería bien distinta si no existiesen el San Martín y el Colón, ni los centros culturales ni los muchísimos museos que tiene la Ciudad. Creo que son grandes movilizadores”.