Julián López: “El amor es la gran experiencia de la vida, y el personaje está entregado a esa deriva”

Dos hombres –uno de ellos casado y con hijos- se encuentran los domingos en un pequeño departamento alquilado y celebran un amor que los desborda y los sorprende, por la intensidad con que consiguen descubrirse y adorarse en encuentros que son verdaderos rituales de celebración. Aunque al momento del inicio del relato ese imperio ya es pasado: solo quedan los destellos que prueban que alguna vez esa marea fabulosa fue verdad. El narrador de esta historia es uno de ellos y quien asume el recuento de los hechos, todavía perplejo y conmovido. 

La ilusión de los mamíferos indaga en la belleza de los recuerdos hermosos y las razones de la devoción amorosa, pero también en el dolor de la pérdida, con la morosidad del que relame su herida para que deje de sangrar alguna vez.

Con preciosismo en el manejo del lenguaje, Julián López propone al lector una experiencia inmersiva en la memoria sensible; un viaje que es al mismo tiempo vibrante, melancólico y sexual. 

-Apenas se inicia el relato sabemos que el romance está acabado y que a partir de ese momento empezará a cobrar fuerza el recuerdo. Una vez disuelta esa urgencia por la trama, ¿tu desafío como autor pasó a ser profundizar en la idea del amor?

-Sí. Si en la primera página contaste todo, la pregunta empieza a ser qué más puedo decir. Me lo planteé así y entonces empecé a profundizar en ese vínculo y en la idea de lo que es el encuentro amoroso en sí mismo, con una conciencia más propia del siglo XX, diría. Acá hay, también, una idea del amor insuperable, y por eso es también una novela de duelo, al mismo tiempo celebratoria de lo que es el vínculo con el otro. Es una novela que duele y celebra al mismo tiempo; y que también habla del vínculo entre varones: está lo erótico, el vínculo padre-hijo, y también la amistad.

-Decís que es una historia más propia del siglo XX y es posible asociar eso a cierta materialidad, que en la novela parece encarnar en los cuerpos pero también en ciertos rituales y en la deliberada demora de estos encuentros entre amantes. Y contás esto en un momento en que muchos vínculos nacen y mueren en la virtualidad, o en la velocidad…

-Exactamente, es una novela que extraña una manera de vincularnos que no existe más. Acá es “material” la manera en que los personajes toman café, leen los diarios, tienen relaciones, comen: el intento que hacen por disfrutar y ritualizar dentro de lo que es posible, el encuentro amoroso. El amor, en el sentido de los afectos, es la gran experiencia de la vida, y el narrador es un personaje que está entregado a esa deriva. Él dice: “yo en la semana puedo comer todos los días fideos con queso, pero todo lo mejor que puedo comprar lo guardo para el domingo, que es el día de las citas.” -Esa es una apuesta existencial, también: poner lo más valioso en el encuentro con el otro, y no en uno mismo; algo que también nos habla de otra época… -Ni hablar. Una idea que tomo robada de Richard Sennett: intentar conocerse a uno mismo es una ridiculez, es una ilusión, un imposible: uno debe conocer el mundo, a los demás. En todo caso, uno se conoce en el choque con el otro, a veces impensado y sorprendente.

-¿Ese deseo de encuentro, que se renueva a lo largo de la vida, parte de una necesidad de descubrimiento mutuo o de la necesidad de dotar de intensidad nuestra existencia?

-Buscamos darle espesura a la existencia, salirnos de nuestras vidas miserables y de esa suerte de anestesia a la que nos somete la rutina. El capitalismo y el neoliberalismo también se empeñan en decirnos que no somos nada, no valemos nada, pasamos. El amor nos permite plantarnos, resistir: valer para otro, ser hermoso para otro.

-Hay un trabajo artesanal y meticuloso con la palabra, de condensación y a la vez de apertura, en cada frase.

-También trabajé esta idea de la morosidad de la palabra, que demanda un tiempo para encarnar. Creo que es una forma que acompaña la narración en este caso, y esta idea de la materialidad y la intensidad. Las escenas más intensas son más cortas; porque le exigen mucho al lector.

-Además, narrás en una segunda persona que por momentos es primera: hay una reflexión personal y un registro epistolar que se combinan y producen un efecto de absoluta intimidad…

-Es la intimidad de los amantes, pero que no excluye al lector. La idea fue justamente lograr una intimidad que me permitiera, por ejemplo, contar escenas pornos pero en las que el lector no se sintiera incómodo o por fuera; generé un espacio en el que el lector puede meterse para espiar.

-Las de sexo son escenas fuertes contadas desde la subjetividad doliente de un hombre atrapado en el recuerdo; en ese sentido parece más bien lo contrario de esa estética desafectada tan propia del porno…

-Yo quería la fuerza y la profundidad también: hasta una “lluvia dorada” puede ser una reflexión sobre qué cuernos es estar con alguien. Para mí el sexo es una de las cosas más complicadas del mundo y sobre las que hay más “chamuyo”, pero quería contarlo en serio, como quise contar el amor, con toda su potencia y su complejidad.

-Por fuera de ese departamento, hay una Buenos Aires que muta y se degrada.

-Es en ese sentido una historia de amor a la ciudad, a esa ciudad que es arrasada por los edificios con amenities o en las que se asfalta una misma avenida muchas veces. El bar El Balón, que está en el libro, representa la idea barrial de esa otra ciudad que todavía resiste y ahí está.

-¿En relación al amor sentís que aprendiste algo, a partir de la escritura de este libro?

-Sí, no creo que me sirva para enamorarme de un modo distinto, pero creo que aprendí a abrazar lo que fue, porque pude contarlo.

-¿Y pasa como con el amor? ¿Termina y decís, “esto no volverá a repetirse”? ¿Sos de los autores que temen que la escritura se agote?

-Sí, tengo una relación muy neurótica con la escritura y esa preocupación es constante, siempre pienso que no voy a poder. Escribir me agobia, me da fiaca, me cansa; pero cuando sucede siento una felicidad incomparable.

-Ejercés además como docente, dictando talleres de escritura. ¿A quienes quieren aprender, qué les decís?

– Que no se gasten porque no van a asustarme con su angustia: escribir es muy difícil y hay que ser fuerte. Pero que yo no me asusto, que voy a acompañarlos con tranquilidad. La angustia puede ser la prueba de que se están haciendo las cosas bien.

-¿Hay alguna relación entre el amor y la escritura?

-Claro, el amor es un relato en sí mismo, lo construimos y nos lo contamos en términos de narración. También contárnoslo puede servir para ‘cerrar’. Vivimos relatándonos nuestras propias vidas, para tolerar su intensidad o su chatura.

-Y la necesidad de escribir, ¿es tu bendición o tu condena?

-Toda la vida creí que una condena. Ahora veo ahí una bendición.

​Julián López (Buenos Aires, 1965) integró diversas antologías de poesía y en 2004 publicó el libro de poemas Bienamado. Desde 2006 codirige el ciclo de lecturas Carne Argentina y es docente en la Universidad Nacionald e las Artes (UNA).

“Fueron unas cuantas noches de estar juntos, no muchas, unas cuantas; en las primeras había una ansiedad de querer aprovechar cada minuto que robábamos a la vida diaria, pero esa misma ansiedad pronto se volvió tonta. También nosotros tuvimos que aprender cómo emplear el tiempo, cómo dejarlo escurrirse improductivo, esa noches fueron la materia fuera de currícula en nuestra historia y por eso parecían extraordinarias. Pero lo extraordinario no sabe vivir, lo extraordinario en todo caso también es el aburrimiento que naturalmente tienen las vidas. Por fin lo extraordinario puede sacrificarse en orden de lograr la medianía y la ilusión puesta en cosas pasibles de ser compartidas como se comparten los días de la semana en una casa con fagina familiar y burguesa: un buen cabernet no exageradamente caro, un buen saco de cachemir o un buen par de zapatos cada tanto.”