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Emoción y recuerdos en la despedida de Kive Staiff

El hombre. Kive Staiff en 2010, el año que dejó la dirección del Teatro San Martín. / Guillermo Rodriguez Adami

Rodeado de actores, sus actores y amigos de toda la vida del Teatro San Martín, de flores enviadas por el Colón, el Cervantes y el San Martín, así fue el último adiós de Kive Staiff, que murió este miércoles. Algunos estaban indignados porque sus restos, decían, deberían haber sido velados en el teatro que tanto amó: fue el más grande director del Teatro San Martín.

Autoridades del Teatro explicaron a Clarín que fue así por decisión del propio Staiff, que decía que quería “poco circo” y que “el teatro es de la gente”. Sus hijas Eliana y Débora, dijeron desde el San Martín, apoyaban esa decisión.

María Comesaña, su compañera y actriz, recordó sus palabras cuando lo homenajearon en el Teatro Colón: “Tenemos que tomarnos de las manos para hacer existir el teatro”.

Graciela Dufau contó con emoción cómo ella fue contratada por Kive Staiff: sólo después de dar las pruebas para el coro de Las Troyanas entre trescientas actrices. “La dí y entré, y después hice Andrómaca”, dijo. “Hizo muchísimo por todos los actores, por todos nosotros. Los que no podían actuar en la dictadura en el cine o en la tele, con él tenían un lugar. Una vez hasta le cambió el apellido a un bailarín cubano para poderlo contratar”.

La actriz también recordó que en el último año, Staiff se sentía muy mal -sufría de Parkinson- y que la última obra teatral a la que pudo asistir fue la que dirigió Hugo Urquijo, Ver y no ver. Y también contó que, para Urquijo, Kive Staiff fue un segundo padre, ya que él entró a trabajar al San Martín cuando tenía sólo 26 años.

Staiff comandó los destinos de ese Teatro entre 1971 y 1973, entre 1976 y 1989 y entre el año 2000 y 2010. Lo suyo era la audacia para programar, cierta idea de combatir al poder desde las tablas y la convicción de que había que hacer buena cultura para todo el mundo. No sólo se ocupó de la programación teatral. También hizo crecer el Ballet Contemporáneo que dirigieron figuras como Ana María Stekelman, Oscar Aráiz y Mauricio Wainrot.

Entre quienes fueron a despedir a este impulsor del teatro en el país estuvieron Jorge Telerman, el actual director del Complejo Teatral de Buenos Aires, quien estuvo unos cinco minutos parado en silencio frente al ataúd, un cajón cerrado según el ritual judío.

Leonor Manso. Ayer, llegando al velatorio de Kive Staiff.

Staiff había nacido en 1927 en Entre Ríos y, como recordó su hija Débora en Facebook. era “judío y ateo”. Débora Staiff -que no llegó este jueves al velorio porque está de gira- contó en su muro que “su primer trabajo fue vender pastillas en la estación Constitución para comprarse los libros para el colegio recién llegado a Buenos Aires y con sólo 10 años”. También que “quiso ser jugador de fútbol, llegó a la quinta de River, el club de sus amores y por un problema en la rodilla cambio los botines por los libros de Bernard Shaw”.

También se acercaron el coreógrafo Mauricio Wainrot -que trabajó con Staiff en el San Martín hasta su retiro en 2010- , las actrices Leonor Manso, Ingrid Pelicori, Muriel Santa Ana, Tina Serrano y Marcela Ferradás; la directora Laura Yusem, los actores Mario Pasik, Hugo Urquijo, Arturo Bonín, Marcelo Xicarts, Sergio Surraco y Gabriel Wolf, entre otros. También estuvieron Martín Bauer -director del Teatro Argentino de La Plata- y Alejandro Tantanian -a la cabeza del Teatro Cervantes- y el productor Carlos Rottemberg.

Fueron horas de tristeza y también de recuerdos. Se contaban anécdotas, hazañas, ocurrencias. Como la de haber hecho salas en “espacios muertos”, del San Martín. La sala Cunill Cabanellas, decían, nació de una confitería que Staiff decidió sacar. Allí el café, deslizó alguien, era más caro que la entrada al teatro. 

La noche caía sobre la calle Córdoba. Rodaban los recuerdos y la sensación de comunidad, la unión en el dolor por la partida de una figura admirada y querida, que va a hacer falta.