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“Cuentos de la selva” sigue vibrando, cien años después

En el agua. Horacio Quiroga, el escritor que hizo terror con la naturaleza.

“En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque “Yabebirí” quiere decir precisamente “Rio-de-las-rayas”. Así empieza -muchos lo habrán reconocido- uno de los cuentos más conocidos de uno de los libros de cuentos más leídos del país: Cuentos de la selva, ese clásico de Horacio Quiroga que este año está cumpliendo un siglo y cuya lectura sigo dando “algo acá”.

El libro -donde los animales hablan, tienen intenciones y planes- está protagonizado por yacarés, flamencos, tigres y coatíes. Desde que se publicó hace 100 años en Buenos Aires tuvo innumerables reediciones y traducciones; en 2010 hubo una película basada en esos relatos y este año, una comedia musical. Un texto vivo.

Es posible que haya barro en la suela de nuestros zapatos, porque, página a página, hemos atravesado una selva”.

En 1903, Quiroga acompañó a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones: el poeta iba a investigar las ruinas jesuíticas y Quiroga sacaría las fotos. Lo de Quiroga con la selva fue un flechazo: tres años después compraría una chacra de 185 hectáreas y se prepararía para ir a vivir a orillas del Alto Paraná. Esa decisión lo marcaría: en la selva encontró inspiración y refugio. Su experiencia en esa exuberante geografía no pudo ser más directa: allí crió a sus dos hijos, cultivó yerba mate y levantó una casa con sus propias manos. ¿Cuánto miedo habrá tenido en esas noches para darle el tono de terror a sus narraciones misioneras?

El terror estaba en la vida real. Tras seis años de jungla y matrimonio su esposa Ana María Cirés se suicidó en 1915 y Quiroga se trasladó luego con sus hijos a Buenos Aires.

“Todos los cuentos de Quiroga, cualquiera fuera su tema, están construidos de manera impecable. Pero debo señalar que aquellos que se sitúan en Misiones están impregnados del misterio, la pobreza, la amenaza latente de la selva”, lo elogiaba su compatriota Juan Carlos Onetti.

En sus páginas, una tortuga busca salvar a su amigo humano enfermo (“La tortuga gigante”), los yacarés se enfrentan a un buque (“La guerra de los yacarés”) y las rayas dan encarnizada batalla a los tigres para defender a un hombre (“El paso del Yabebirí”). Completan el libro “Las medias de los flamencos”, “El loro pelado”, “La gama ciega”, “Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre” y “La abeja haragana”.

La primera edición de la obra vio la luz en 1918 como “Cuentos de la selva para los niños”, publicada por la Sociedad Cooperativa Editorial Limitada en Buenos Aires. Sin embargo, sus relatos habían ido difundiéndose en las páginas de populares revistas y semanarios porteños a partir de 1916.

Vigencia. “Cuentos de la selva”, teatro. Se hizo este año.

Entre las innovaciones del libro se encuentra, “en primer lugar, un golpe de aire fresco gracias a la naturalidad con que narra pero hay más: acierta en el movimiento de atención que mueve a todo lector y, en especial, a los niños que perciben la trampa de la niñería”, apunta el crítico literario argentino Noé Jitrik.

El maestro del cuento latinoamericano regresó por última vez a la selva entre 1932 y 1936 con su segunda mujer, María Elena Bravo, tres décadas menor que él, y quien dio a luz a su tercera hija.

En San Ignacio. La casa del escritor. /Santiago Porter

Gastón Marioni, quien recientemente escribió y dirigió una versión de Cuentos de la selva en el Teatro Municipal Coliseo Podestá de La Plata, dice: “Me parecieron más que oportunos los universos que despliega, en tanto cualidades, valores e idiosincrasia en tiempos de tanta globalización e individualismo”.

El clásico de la literatura infantil inspiró un film argentino-uruguayo de animación en 2010, una versión libre dirigida por Liliana Romero y Norman Ruiz. Previamente tres de sus relatos se convirtieron en dibujos animados, en cortos producidos por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Ediciones. “Cuentos de la selva”, en Montevideo. / David Fernández

¿A qué se debe la vigencia de esta obra de Quiroga? “Son hechos que no se pueden explicar; no les sucede a todos los libros, ni siquiera a otros de su mano”, analiza Jitrik. “Debe ser porque en su oportunidad tocó alguna cuerda humana sensible y la resonancia que produjo no se apaga porque no es inherente a los niños ni al ambiente que describe”, concluye el escritor y crítico.

Hace poco el chaqueño Mariano Quirós ganó el Premio Tusquets con Una casa junto al Tragadero, una novela que también ocurre en la selva, entre la humedad, los animales amigos o peligrosos, la podredumbre. ¿Tienen algo que ver esa selva y la de Quiroga? Quirós (1979), duda: “Me encanta Quiroga, pero mi idea de la selva -o por lo menos del monte que recreo en algunos cuentos- tiene como más ‘urbanidad'”, dice a Clarín. Los terrores, reconoce, aparecen, “pero ‘camuflados’ en el lenguaje urbano, manchados también por el paisaje urbano”.

Mientras tanto, los Cuentos de la selva siguen acercando al lector los mágicos ecos de esa geografía que tanto lo apasionó. Como escribió la autora argentina Liliana Bodoc: Al terminar de leer el libro “es posible que haya barro en la suela de nuestros zapatos, porque, página a página, hemos atravesado una selva”.

Fuente: DPA

Nació en Salto, Uruguay, en 1878 y murió en Buenos Aires en 1937. Su padre era el vicecónsul argentino. Descendía de Facundo Quiroga.

Su padre murió cuando él tenía dos meses: volvía de cazar y se le disparó la escopeta frente a su esposa, que salía a recibirlo con Horacio en brazos.

Estudió en Montevideo, viajó a París y en 1902 se mudó a Buenos Aires, tras pegarle un tiro, accidentalmente, a un amigo. Trabajó como maestro y como profesor de Castellano.

Entre sus obras están quien publicó también obras como Cuentos de amor, de locura y de muerte, Anaconda y Los desterrados.

Quiroga fue además poeta, dramaturgo, docente, ciclista aficionado, inventor amateur y juez de paz. En 1937, enfermo de cáncer, se quitó la vida en Buenos Aires.