Así escribe Tom Hanks

A Bud nunca lo habían herido, pero había visto a demasiados hombres a los que habían abatido, a demasiados hombres que habían muerto. El también había matado muchos alemanes, adultos y simples muchachos. Había acabado con las vidas de soldados alemanes que pretendían rendirse y sobrevivir, pero que se habían tropezado con la mirada despiadada del sargento Bud Boling. Ejecutó con su propia mano a dieciocho oficiales alemanes: solos, en grupos de dos o de tres, en cunetas, entre los árboles, en las tapias de las granjas o a campo abierto. Usaba su pistola 45 para arrancarle a la guerra una justicia que sólo para él tenía sentido. Mató al último alemán en agosto de 1945. Había oído hablar de un individuo en particular de la zona, un antiguo funcionario del partido nazi que se escudaba bajo el supuesto nombre de Wolfe. Lo encontró en una columna de refugiados que esperaban volver a sus ciudades de origen, en diferentes zonas de lo que había sido el Tercer Reich. Cuando Wolfe sacó sus papeles, Bud le ordenó que saliera de la fila. Detrás de una tapia bajita de ladrillo, sacó la pistola y le atravesó el cuello de un disparo. Hecho esto, se quedó tranquilamente junto al antiguo jerarca nazi, mirando cómo se retorcía durante los últimos instantes de su vida. Bud Boling nunca hablaba de estas cosas.

(Fragmento)

-Pero ¿qué bicho te picó?

-¡Una mujer!- respondí a gritos, y no sólo era cierto, sino que me sentí bien al decirlo. Cuando un hombre piensa en una dama y espera con ilusión el momento de contarle que ha corrido cuarenta minutos… bueno, amigo, quiere decir que está viviendo en ‘territorio tengo novia’.

Sí. Tenía novia. Una novia cambia a un hombre de pies a cabeza: desde qué calzado usa para hacer ejercicio hasta cómo se corta el pelo (cosa que Anna supervisó al día siguiente ante mi barbero). Cambios que ya me tocaba hacer. Engañado por la adrenalina del romanticismo, corrí esa mañana más de lo que mi cuerpo pudo aguantar. 

(Fragmento)