Arte y lectura, bajo el signo de la atención en simultáneo

La Encuesta Nacional de Consumos Culturales realizada en 2017, que se dio a conocer de manera sumaria en abril, reveló un panorama empobrecido en términos de lectura de libros y visitas a museos. Solo un encuestado de cada diez fue a un museo y apenas cuatro leyeron un libro el año pasado.

El informe reveló que respecto del informe de 2013, cuando el Sistema de Información Cultural de la Argentina (Sinca) lo había medido por última vez, los lectores de libros se redujeron en un 22 % en cuatro años. También registra una baja del 34 % en visitas a museos. Si en 2013 habían asistido a una exposición el 19 % de los argentinos, en 2017 ese segmento fue del 12,5 %. En este caso, el factor económico carece de peso específico, dado que atañe también a museos gratuitos.

Semejante defección pediría a gritos políticas públicas más activas, a fin de compensar la marea digital que no nos suelta. Pero otros países de la región, como Chile, muestran iguales bajas; y aquellos países que no las registran cuentan con menos conectividad que Argentina. Así, priman algunas interpretaciones e hipótesis menos desalentadoras, no solo en el ministerio de Cultura sino también entre estudiosos del tema.

El ministro Pablo Avelluto observa que “si hubo una caída en el público de los museos desde 2013, este año logramos frenarla. De hecho, aumentó la asistencia a instituciones como el Museo de Bellas Artes y el Cabildo, y en el interior, en la casa histórica del Congreso de Tucumán, con el programa de itinerancia de los patrimonios de museos con sede en Buenos Aires. Fueron récord la muestra de fotos de Andreij Tarkovsky y creció La Noche de los Museos -puntualiza-, lo que confirma que si invitás de modo estimulante, la gente se desplaza”. El ministro dice que a la optimización de los sitios web –y lo que él llama “el salto más contemporáneo”- apuntaron los concursos de directores de museos.

Al frente del Sinca, Gerardo Sánchez precisa que el paradigma tecnológico afectó al libro pero no la lectura de otros contenidos. Sin embargo, ¿hasta qué punto es posible homologar seriamente todo lo que leemos?

“En la pregunta sobre la lectura en general, la encuesta actual da el mismo valor que en 2013 -puntualiza-. El principal problema del libro es que no entra en la pantalla del celular; te obliga a cambiar a otro dispositivo, a llevar el ebook a cuestas”.

Sánchez observa que el informe detalla datos por región, no por provincias, y que no hay una diferencia tan marcada entre regiones, a pesar de los factores económicos. “Las mayores diferencias se dan por la edad, porque el acceso al smartphone también homogeneiza los consumos”, advierte.

Como corolario, destaca que lo que más pierde es lo que queda fuera del celular, y que “la mayor caída se registra en actividades presenciales y aquellas que requieren una atención de inmersión, mientras que aumenta la percepción simultánea. ¿Será esta la nueva condición del disfrute del arte y la cultura?

La directora de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad de San Andrés, Eugenia Mitchelstein, es una de las especialistas que analizó los consumos culturales en otra encuesta privada de 2017. Ella sostiene que hoy se impone el consumo ambiente.

“Hoy día escuchás música mientras repasás las redes y leés una noticia en Twitter -describe-. Y todo esto mientras tenés la TV encendida de fondo. Esto es importante porque explica el altísimo nivel de penetración que conserva el cable, el 75 %”.

El Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad, de San Andrés y la Universidad Northwestern de Illinois, EE.UU., estudió la evolución de los usos culturales en el país y reveló un paisaje cambiante en el que, según Mitchelstein, “ya no se trata de conectarnos a internet, como antes; hoy vivimos en internet. Rodeada de medios, nuestra vida sin conexión ocurre en intersticios”.

A lo largo del día consumimos y producimos información, tanto masiva y pública como interpersonal, de manera que la lectura va mucho más allá del género libro: incluye blogs, noticias, artículos largos y más complejos que muchos libros. La socióloga concede que algunos textos los buscamos y otros nos llegan de manera involuntaria -a lo que podríamos agregar contenidos que nos persiguen, como las imágenes virales. “Pero si tengo que almorzar sola, no llevo un libro porque sé que terminaré leyendo algo en el celular -retrata-. El teléfono vibra, me responde”. ¿En cambio, el libro se queda callado?

Es que el estado deseado es vivir en conexión. Además, repartida entre nuestros recursos, limitados en tiempo y en dinero, la multiplicación de la oferta no facilita las cosas. Por otro lado, subraya que compartir se ha vuelto parte de la experiencia. Recuerda que le sorprendió comprobar, la última vez que fue a ver ballet al Teatro Colón, la cantidad de espectadores que grababan con su teléfono lo que veían, restando de manera decidida a la atención y pese a la proliferación de buenos registros documentales en todas las plataformas. “En el Colón, igual que en un concierto de rock o en medio del Mundial, documentar que estuvimos ahí es parte esencial de la experiencia -precisa-.

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